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El polvo azul: la historia real de Goiânia
Brillaba en la oscuridad y un barrio entero se lo repartió como purpurina. Nadie sabía que eran cincuenta mil millones de desintegraciones por segundo.
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👉 Primer episodio de «Lo que brilla en la oscuridad», cuatro capítulos sobre el peligro que no se ve, ni se huele, ni se oye.
Devair llamó a su familia para que vieran lo que había encontrado. Era de noche, en el patio de su chatarrería, en un barrio de Goiânia. Había comprado un aparato de metal a dos hombres que lo habían sacado de un edificio abandonado, y al abrirlo encontró un polvo. Un polvo que brillaba. Azul. En la oscuridad.
Su sobrina Leide tenía seis años. Le pareció lo más bonito que había visto nunca y se lo puso en la piel, como purpurina.
Lo que ninguno de ellos sabía es que aquel brillo era cesio-137. Cincuenta mil millones de desintegraciones por segundo, sueltas, en las manos de una familia encantada con el hallazgo.
¿Qué fue el accidente de Goiânia?
El accidente de Goiânia ocurrió en septiembre de 1987, en Brasil, cuando una fuente de cesio-137 de 50,9 TBq abandonada en una clínica de radioterapia fue desmontada y vendida como chatarra. Murieron cuatro personas, 249 resultaron contaminadas y 112.000 pasaron control radiológico, según el informe del Organismo Internacional de Energía Atómica de 1988.
Está considerado uno de los peores accidentes radiológicos de la historia, y no ocurrió en una central nuclear: ocurrió en un patio de chatarra, en el centro de una ciudad de un millón de habitantes.
¿Es real la serie de Netflix sobre Goiânia?
Sí. La minisserie brasileña Emergência Radioativa, estrenada en Netflix el 18 de marzo de 2026, está inspirada directamente en estos hechos. La ficción se toma sus licencias —personajes compuestos, escenas dramatizadas, tiempos comprimidos—, pero el accidente, las víctimas y las cifras son reales.
Todo lo que vas a leer aquí sale del informe oficial del OIEA, no de la serie. Si has llegado buscando qué pasó de verdad, esto es lo que pasó de verdad.

La clínica que se mudó y dejó algo dentro
En Goiânia había una clínica que trataba el cáncer: el Instituto Goiano de Radioterapia. Como cualquier centro de radioterapia del mundo, tenía una máquina que dispara radiación contra un tumor para matarlo. Esas máquinas funcionan porque dentro llevan una fuente: una cápsula pequeña con una sustancia radiactiva muy potente, blindada con plomo.
Quiero que te quedes con esta idea desde el principio, porque va a volver: esto es medicina. Lo mismo que mató a una familia en un patio estaba diseñado para curar gente en una consulta.
Y entonces la clínica se mudó. Se llevaron el mobiliario, los papeles y los equipos. Pero la máquina se quedó: pesaba mucho y había un lío legal entre los dueños del edificio y la clínica. Se quedó ahí dos años, en un edificio a medio derruir. Con la fuente dentro.
¿Qué es una fuente huérfana?
Aquí está el concepto que sostiene toda esta historia. En el mundo del material radiactivo hay un término para esto: fuente huérfana.
Una fuente huérfana es material radiactivo que se ha salido del control: no tiene dueño que responda por él, no tiene papeles y no hay nadie apuntando dónde está. Ha dejado de existir para el sistema.
Y no ha habido ni una sola fuente huérfana en la historia que no haya acabado en tragedia.
Dos hombres y una carretilla
13 de septiembre de 1987, domingo. Dos hombres entran en el edificio abandonado buscando metal para vender. Encuentran la máquina y empiezan a desmontarla allí mismo. Consiguen separar el cabezal —la parte que lleva la fuente y su blindaje de plomo—, que pesa unos treinta kilos, lo cargan en una carretilla y se lo llevan andando por la calle.
Piénsalo un segundo. Un domingo por la tarde, dos hombres empujando una carretilla por una acera, y dentro va una de las cosas más peligrosas de la ciudad. No hay ninguna señal. No pita nada. No huele. No está caliente. No hay nada que le diga a nadie que se aparte.
En las horas siguientes empiezan a encontrarse mal: vómitos, mareos, diarrea. A uno se le hincha una mano. Van al médico y les dicen que es una reacción alérgica a la comida. Nadie ata cabos, porque nadie sabe que hay cabos que atar.

¿Por qué el polvo brillaba en azul?
Devair, el chatarrero, rompe la cápsula. El cesio-137 de estas fuentes va en forma de sal —cloruro de cesio— y tiene el aspecto de una sal gorda, como azúcar grueso. Y tiene una propiedad que es el corazón de esta historia: brilla. Emite un resplandor azulado que en la oscuridad se ve perfectamente.
A Devair le parece una maravilla. Algo valioso. Casi mágico. Y hace lo peor que se podía hacer: lo comparte. Llama a la familia, llama a los vecinos, reparte trocitos. La gente se lleva un poco a casa para verlo de noche. Su hermano pone un puñado en la mesa de la cocina para que lo vean sus hijos.
Y su hija Leide, de seis años, come sentada a esa mesa. Con las manos.
Irradiación y contaminación: la diferencia que mató a la niña
Hay dos formas de que la radiación te haga daño, y entender la diferencia es lo que hay que llevarse de esta historia.
Que te irradie: estás cerca de una fuente, la radiación te atraviesa, te hace daño, y cuando te alejas deja de hacértelo. Como el calor de una hoguera. Te quemas si te acercas, pero cuando te vas, se acabó. No te llevas la hoguera puesta.
Que te contamines: el material se te queda encima, o dentro. En la piel, en la ropa, en el pelo. Tragado. Y entonces la hoguera se va contigo: está en ti, irradiándote desde dentro, todo el día, todos los días.
En Goiânia pasaron las dos cosas. Y la segunda es la que mató a la niña.
La mujer que paró la catástrofe
Aquí aparece la persona más importante de esta historia, y casi nadie la conoce. Se llamaba Maria Gabriela Ferreira y era la mujer del chatarrero.
Fue la única que ató los cabos. Vio que toda la gente que había pasado por su casa se estaba poniendo enferma, y que no podía ser una intoxicación porque no habían comido lo mismo. Lo único que compartían era aquel cacharro del patio.
Así que hizo algo que exige mucho valor: cogió los restos de la fuente, los metió en una bolsa de plástico, se subió a un autobús urbano con la bolsa en el regazo y los llevó a la oficina de sanidad pública de la ciudad para que alguien mirara qué era aquello.

Allí, un físico médico que pasaba por casualidad reconoció lo que estaba viendo. Cogió un detector, se acercó, y el aparato se volvió loco.
Era el 29 de septiembre. Dieciséis días después de que sacaran la fuente del edificio.
Cronología: del 13 al 29 de septiembre de 1987
| Fecha | Qué pasó |
|---|---|
| 13 sep | Dos chatarreros desmontan la máquina en el edificio abandonado y se llevan el cabezal en una carretilla. |
| 14-17 sep | Empiezan los vómitos y los mareos. Un médico lo atribuye a algo que han comido. |
| 18 sep | La pieza se vende a una chatarrería. Se rompe la cápsula y aparece el polvo que brilla. |
| 18-24 sep | El cesio se reparte entre familiares y vecinos. Varias personas se lo untan en la piel. Leide, de seis años, come con las manos contaminadas. |
| 29 sep | Maria Gabriela lleva los restos en autobús a sanidad pública. Un físico médico los identifica. Empieza la emergencia. |
¿Cuántas víctimas hubo en Goiânia?
Ciento doce mil personas, en una ciudad que entonces tenía poco más de un millón de habitantes. Veinte tuvieron que ser hospitalizadas. Y cuatro murieron: Leide das Neves, la niña de seis años; Maria Gabriela Ferreira, la mujer que cogió el autobús; y dos trabajadores de la chatarrería, Israel Baptista dos Santos y Admilson Alves de Souza, de diecinueve y dieciocho años.
Ochenta y cinco casas quedaron con contaminación importante. Cuarenta y una se evacuaron. Siete se demolieron. Se generaron 3.500 metros cúbicos de residuo radiactivo que Brasil todavía guarda.
Y hay un detalle del entierro de Leide que dice todo lo que hay que saber sobre lo que dejó Goiânia: la enterraron en un ataúd de plomo, y hubo vecinos que se manifestaron en el cementerio para que no la enterraran allí, con piedras y pancartas, por miedo a que contaminara la tierra. Una niña de seis años. Ese fue el nivel de pánico y de desconocimiento.
¿Qué falló exactamente?
No falló la física. La física hizo lo que hace siempre. Falló la cadena de custodia, y falló con errores muy humanos y muy reconocibles:
- Una clínica se mudó y dejó atrás un aparato con material radiactivo dentro, sin darlo de baja y sin avisar a nadie.
- Nadie fue a buscarlo. Durante dos años esa fuente estuvo apuntada en algún registro como si estuviera en su sitio.
- Cuando desapareció, no sonó ninguna alarma, porque no había ninguna alarma que sonar.
- Nadie en toda la cadena —ni los chatarreros, ni el comprador, ni el médico que vio a los primeros enfermos— sabía qué era aquello ni qué símbolo tenía que buscar.

¿Qué cambió en el mundo después de Goiânia?
Goiânia es una de las razones por las que hoy ninguna fuente radiactiva del mundo puede perderse de vista. De aquel accidente salieron el refuerzo de la trazabilidad de las fuentes, los registros nacionales, la obligación de darlas de baja y de retirarlas cuando una instalación cierra, y los controles de radiación en las chatarrerías y las acerías.
Y en el transporte, el material radiactivo es la clase 7 del ADR, con reglas propias precisamente porque un error aquí no se arregla apagando un fuego.
¿Cuántas personas murieron en Goiânia?
Cuatro personas murieron en las semanas siguientes al accidente: una niña de seis años, la mujer del chatarrero y dos trabajadores de la chatarrería de diecinueve y dieciocho años. Además, 249 personas resultaron contaminadas, 20 fueron hospitalizadas y 112.000 pasaron control radiológico, según el informe del OIEA de 1988.
¿Por qué murió la niña y otras personas no?
Porque no todas se expusieron igual. Leide das Neves no solo estuvo cerca del material: lo ingirió al comer con las manos contaminadas. Cuando el material radiactivo entra en el cuerpo, sigue irradiando desde dentro las veinticuatro horas del día, y no basta con alejarse de la fuente.
¿Qué diferencia hay entre irradiación y contaminación radiactiva?
La irradiación es recibir la radiación de una fuente cercana: cuando te alejas, cesa. La contaminación es que el material radiactivo se te quede encima o dentro del cuerpo, y entonces sigue irradiándote allá donde vayas hasta que se elimina.
¿Es real la serie de Netflix «Emergência Radioativa»?
Está inspirada en hechos reales: el accidente de Goiânia de septiembre de 1987 ocurrió, y las cifras de víctimas y contaminados proceden del informe oficial del Organismo Internacional de Energía Atómica de 1988. La serie, como toda ficción basada en hechos reales, dramatiza escenas y compone personajes.
¿Puede volver a pasar algo así?
Sigue habiendo fuentes huérfanas en el mundo, y por eso existen los registros de fuentes, los controles en chatarrerías y acerías y la obligación de retirar el material cuando una instalación cierra. El riesgo no es cero, pero hoy hay una cadena de custodia que en 1987 no existía.
Fuentes: Organismo Internacional de Energía Atómica, The Radiological Accident in Goiânia (OIEA, Viena, 1988). Los datos de víctimas, contaminados, residuo generado y viviendas afectadas proceden de ese informe.
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